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Recién llegada de Japón, Zulema se dedicó a revisar sus experiencias recientes. Había mentido y en algún lugar de su mente sabía que no le habían creído, entonces ¿Porqué la habían dejado libre? Su mente era un tren bala disparado sin frenos, pasaba de un recuerdo a otro buscando el error, la contradicción o cualquier indicio de inconsistencia en su discurso. No lo encontraba. Una y otra vez pasaba por las mismas estaciones como si viajara en círculo buscando algo que o no existía o se había evaporado volviéndose elusivo e inasible. Había llegado a Tokio con el objetivo de recuperar el collar Zíngaro que le había sido robado a una de las mercaderes más ricas de Bogotá: doña Susoza. Su trabajo era complejo, debía tomar misiones que nadie quería para gente que a la que todos temían, ir a lugares peligrosos y meterse con lo peor de la escoria humana. Haberse operado había ayudado a su proceso de seguir libre, intacta e inalcanzada. Su último bisturí fue traumático pero nec...
Y la caza comenzó en segundos. Estallaron los muros invisibles que lo contenían todo y salvajes, salieron los inquisidores con la misión manifiesta de ahorcar hadas y encubierta de robarles sus alas. El horror que aquellos humanos sabían producir se debía en parte a su increíble e impudorosa capacidad de mutilar sus propios juicios. Arteros y crueles, se hallaban entre las mujeres y hombres más sagaces e imbéciles que diera la raza. Comenzaron por los bosques, limpiaron los valles y los ríos, siguieron por la montañas y los prados. Cientos y miles de hadas enjauladas y torturadas, mutiladas y sin ojos eran llevadas en jaulas de diamante hacia la gran capital y exhibidas con orgullo por los tenebrosos siervos de la Cúpula. La masacre comenzó el día en que los esbirros de la orden recibieron el informe final con la contundente resolución y condena: matar a todas las hadas. Habían sido halladas culpables de delitos que ni siquiera existían en código alguno, fueron acusadas de ...
Entre el aprecio y el desprecio, en medio de una soledad cargada de presencias, percibía su escueta mirada sobre el rostro empañado del olvido. Cargaba su identidad con el magma de orígenes oscuros, aún cuando por herencia y linaje no era más paria que un duque o un príncipe renacentista. Lo cierto es que se atribuía los dones de un santo mientras regenteaba el prostíbulo de vírgenes sarracenas en el álgido cruce entre los dos caminos que llevaban a la costa. No había nacido bribón sino que se hizo a fuerza de yerros en medio de una andanada desesperada de intentos vanos por reforzar lo único que parecía concernirle y que no era otra cosa que el logro de sus objetivos, para los cuales tenía mandíbula de mastín y una insistencia pertinaz. Cojeaba debido a un balazo que se había ganado durante una incursión a la zona púrpura del barrio, dominada por cholgas y surubíes, abadejos y conchas, pulpos y crustáceos de todos los colores. CARLOS CARREGÓN, 19...
Aislado y furioso. Supo lo que era el rencor, la mancha de aceite en el tejido de la carne. No podía ser sangre ni alcohol: nada se parecía al estertor insólito del rechazo a toda costa. Algo así como un selector de bobinados mal calibrado, venas entrelazadas aplastándose unas a otras hasta la constipación de la mente. Caracas , sol de mayo, Yosemite, liturgias, cebras disidentes y vasos de plástico duradero; almejas, sonares y radares, maravillas varias de lo no creado junto a un gran queso robot y el hueco por el que se escapa la docilidad para transformarse en el redoble sordo de un bombo andino. Mientras tanto seguía supurando lagartijas envenenadas, cáñamo para la droga incierta y cultivada junto al vocablo meloso de la meretriz indecorosa y deseable. Algún evento rociado de hilachas suspendidas como aguas vivas muertas en la playa pareció canibalizar la existencia de todos y él, que se creía inmune, sufrió el abandono y la pérdida de su nido con un relajo que le dio asco i...
Reflexionar a través de la escritura es difícil. No veo ni encuentro la forma de hacerlo sin que se interponga con más o menos sutileza, el duende de la arrogancia, la cruel hada del desprecio, el oso devorador de todo lo creado, un millar de entes diversos con opiniones divididas sobre cientos de tópicos desconectados entre sí y sin más en común que el ruido atroz de todas la voces discutiendo, polemizando con argumentos y aún gritos histéricos para imponer un punto en particular. Supongamos que puedo por un acto de voluntad minimizarlos hasta el extremo de la insignificancia en una   tarea a prueba del ego y logro que su mudez. Surge allí un demonio ya de otra calaña, más antiguo, más adulto, menos juguetón y me pregunta con el sutil truco de usar mi propia voz: ¿Quién me leerá? ¿Qué opinarán? ¿A quién seduciré? ¿Me considerarán genial o al menos no un imbécil irremediable? ¿Qué frutos rendirá en el futuro? ¿Me pedirán cientos de artículos y podré vivir de la escritura?...