En el fondo de un jardín, detrás de la ciudad, hay un lago escondido. Tiene incluso una salida al río. Allí se han ido a jugar en secreto los amantes de las maravillas. Tres inmensos dragones chinos recorren el espejo de agua. Están hechos de globos de colores y brillan al sol. Hay quienes los montan y recrean fabulosas batallas. Los árboles y el secreto los cobijan y el naranja de la tarde los inspira. Feliz aquel que lo encuentre.
Sentinelas híbridos guardaban las costas del Mar Agrio. Sus armas eran de hiedra y hierro, gemas turquesa y miel líquida. Desde lo alto del puente por donde cruzaban miles de personas por día se podía ver sus siluetas recortarse contra el la vieja estación de tren. Los llamaban “Zazensi” y su presencia se había vuelto natural para los locales. Cuando llegaba algún barco hacia el puerto sus tripulantes hacían un signo con los dedos frente al rostro para demostrar su respeto. Un nonagenario que vendía uvas frente al atracadero observaba las gaviotas azules girar alrededor de una gran red con frescos peces y cada tanto les arrojaba pan humedecido en leche. Cada quien se ocupaba de su asuntos y rara vez alguien alcanzaba a sorprenderse por lo que ocurría en el mágico puerto de Amidazal. Los centinelas eran ocho, de diferentes colores y formas. Frente a la entrada principal se encontraba Albo, el protector de las damas y tenía en su frente una corona con gemas de aguamarina. Se le h...