Nadie supo si las heridas fueron hechas por Gastón Vollman o por el contrario Susi se autoflageló con el solo propósito de engañar a la prensa. En todo caso, lo que sí quedaba claro es que la sangre brotó de su pecho abierto como un río indigno y lodoso. El oficial que la encontró tirada sobre un viejo sillón de jean quedó impactado de tal modo, que aún siendo un veterano hombre de la fuerza, no pudo evitar gritar como un niño. Al tiempo el caso se olvidó. El oficial pasó a ocupar un puesto menor en el sector administrativo, Susi se curó, Gastón Vollman le regaló jazmines y se reconciliaron.
Sentinelas híbridos guardaban las costas del Mar Agrio. Sus armas eran de hiedra y hierro, gemas turquesa y miel líquida. Desde lo alto del puente por donde cruzaban miles de personas por día se podía ver sus siluetas recortarse contra el la vieja estación de tren. Los llamaban “Zazensi” y su presencia se había vuelto natural para los locales. Cuando llegaba algún barco hacia el puerto sus tripulantes hacían un signo con los dedos frente al rostro para demostrar su respeto. Un nonagenario que vendía uvas frente al atracadero observaba las gaviotas azules girar alrededor de una gran red con frescos peces y cada tanto les arrojaba pan humedecido en leche. Cada quien se ocupaba de su asuntos y rara vez alguien alcanzaba a sorprenderse por lo que ocurría en el mágico puerto de Amidazal. Los centinelas eran ocho, de diferentes colores y formas. Frente a la entrada principal se encontraba Albo, el protector de las damas y tenía en su frente una corona con gemas de aguamarina. Se le h...