Meridiano. Sereno. Mortal. El eje de significación de aquellas palabras grabadas en la lápida de Teodoro Wexler podía resumirse solo si se expusiera en forma detallada los acontecimientos acaecidos durante el verano del año mil nueve noventa y nueve. Teo, como lo llamaban prácticamente todos, era físico. Tal vez como una marca del destino o como una broma hacia sí mismo, Teo se encaminó hacia la teoría. Nunca eligió realmente. A los doce años lo llevaron a una prueba de aptitud y casi sin mediar tiempo estaba en la Universidad Tecnológica de Meridian, en Alabama cuando aún no le crecían vellos en el cuerpo. A los trece años diseñó un dispositivo para recalibrar el peso de los protones y así poder estimularlos para que giren a la velocidad deseada. Unos meses más tarde patentó una idea que de tan simple rozaba la genialidad: un artefacto que volaba, sin combustibles ni propulsión a base de de reacciones físico-químicas del armazón de la nave. En lugar de usar metales carbono o plás...