No sabemos lo que nos aguarda en las profundidades de la noche. Desconocemos el tamaño de la avaricia de sus habitantes. Apenas si intuimos su aliento espectral, su mirada aterradora, sus movimientos desconcertantes. Desde antes de que se contaran los siglos, han existido, ocultos a la luz, recubiertos con agrio estiércol pegajoso y húmedo, sin más noción de existir que la que tienen las piedras de los volcanes. Solo la abundante y lujuriosa percepción de un todo completo de humedad ardiente y estallidos de cera líquida que hace vibrar sus entrañas de peste y veneno. Allí, en las nieves sin derretir, entre el acero sin forjar, divididos entre la espera y el hedor de mil años que suman mil muertes, viven o mueren sin entender la diferencia y sin interés en conocerla. Solo comer. Alimentarse de algo o de alguien. Caminar sobre cadáveres aún burbujeantes de vida. No hay tanto mal como el que hierve en las entrañas de nuestras desilusiones. Un amargo resabio de tumbas pasadas por l...