Por cierto, siempre me he preguntado que es lo que lleva a un búho a soñar con los ojos abiertos.
El sitio en donde se encontraron las plumas no parecía ser un lugar a donde los búhos optaran por ir, es decir, sin lugar a dudas, el ave fue llevada a la fuerza. La gran pregunta era para que y por quien. Sabíamos que había ciertas agrupaciones que se hacían llamar cuidadores del bosque que deambulaban por los caminos con fines que no llegamos aún a entender. Pero a pesar de ello, había una evidencia -aunque remota- que sus fines estaban mucho más allá de la conservación y cuidado de las especies nativas. Suspicaces y quizás asustados, pensamos lo peor.
En los últimos meses había habido algunas desapariciones en circunstancias un tanto misteriosas. Dos niñas, un pequeño y siete muchachas se hallaban perdidos desde hacía un tiempo y todos tenían algo en común: caminaban por el bosque.
No eran ricos por lo que descartábamos un rescate ni tampoco eran especialmente atractivas las muchachas lo cual nos hubiese hecho temer lo peor. Si había algo en común en aquellas personas, se nos pasaba por alto. Así pues anduvimos buscando sin pistas casi hasta el desmayo cuando encontramos a este búho, tan blanco, bañado en sangre muy roja. Supongo que algún pintor hubiese encontrada atractiva aquella imagen de contraste de colores, aunque macabro sin dudas.
Lo verdaderamente extraño era que la sangre no era del búho. Era sangre humana y fresca.
Corrimos por el sendero de piedras hasta una pequeña choza de piedra de la que nunca habíamos oído hablar. Caminamos con cuidado hasta la puerta y la rodeamos. Éramos cinco y estábamos armados como correspondía a los oficiales de la ley y sin embargo temíamos de una manera insensata, al punto de que me preguntaba si era yo en verdad un cobarde.
De una patada certera abrimos la puerta y para nuestra sorpresa allí, en el medio de aquella vivienda abandonada colgaba de una soga una vieja de edad indescriptible. Toda azul y vestida con una larga túnica y pañuelo rojo en la cabeza. Una nota colgaba de sus pies como si se tratara del precio de un traje de una tienda de Londres. Cuando mi ayudante, Colbert se acercó a leer, una especie de ataque eléctrico hizo que la vieja zapateara con fuerza tirándolo muy lejos mientras continuaba con un bailoteo torpe y dislocado al ritmo de la corriente de altísimos voltios. Jones disparó a la cuerda y la vieja cayó y ahí se quedó tan quieta como lo muerta que estaba. Vimos que del techo pendía un cable que alguien había conectado directamente a la vieja para lograr vaya uno a saber que cosa con ese desagradable incidente.
Colbert aún estaba pálido del susto mientras los otros trataban de animarlo haciendo algunas bromas de dudoso gusto. Tomé una petaca con buen whisky de mi saco y le di al pobre hombre a probar del mismo lo cual lo reanimó al menos en parte.
Revisamos la casa y no había más nada. A punto de salir y luego de haber revisado el cadáver una pequeña brisa trajo hasta mi rostro una pluma de búho. Era blanca y también estaba manchada por gotas rojas. Había oscurecido y el bosque parecía especialmente hostil. No sé porque pero parecía como si aquellos árboles no nos quisieran allí. Éramos una irrupción en la paz aparente de aquel lugar extraño.
Caminamos con cuidado, y de pronto, allí en la espesura, y cerca de un gran vado divisamos a todo un grupo de personas. Nos acercamos con cuidado y sigilo y dimos la orden de alto. Nadie nos prestó la más mínima atención. Tampoco nos atacaron. Sencillamente nos ignoraron. Como ni siquiera estuviéramos allí. Jugaban entre ellos y saltaban en aquel claro rodeado de robles. Cuando los pudimos ver con claridad notamos que se trataba de todas las personas desaparecidas, las dos niñas, el pequeño y las siete muchachas. Al ver que no nos prestaban atención, levanté la voz y les hablé, y recuerdo al día de hoy el horror de ver como al girar sus rostros hacia mí, todos eran búhos. Búhos de mirada dura, penetrante, ojos negros como la obsidiana y pálidos como el carbón. No había rastros humanos en aquellas criaturas. De entre las ramas apareció la vieja que dejamos en la casa con la certeza de que estaba muerta y caminó hacia nosotros con una farol rojo en la mano. Los demás la seguían. Cuerpos humanos y cabeza de ave. Plumas que se perdían flotando en el aire. Corrimos por nuestras vidas. Colbert había osado disparar pero solo logró que se enfurezcan. La vieja manaba sangre por sus ojos y por su uñas y mientras correteaba torpemente hacia nosotros manchaba con sus líquido rojo las blancas plumas de los alguna vez humanos.
Hicimos un pacto de silencio. Nadie, nunca, jamás habló de lo ocurrido. Volvimos a nuestras casas con el solo afán de olvidar. Vivimos así por cuarenta años. El silencio nos acompañó y honramos nuestro pacto. Hasta hoy día, en el que escribo estas líneas. Estoy a punto de morir. Una pluma blanca ha llegado hasta mi puerta y sé que vienen por mí. Allí los veo, por el jardín, caminan lento, en fila, adelante la vieja y atrás los antro-rapaces. Están igual, los niños son niños, no han envejecido un solo día. Abren la puerta. Adiós.
SIR ERNEST MATTERHORN-DAYS, 1883 "LAS REDES DE TRIASTURE" (Ed. Connington)
El sitio en donde se encontraron las plumas no parecía ser un lugar a donde los búhos optaran por ir, es decir, sin lugar a dudas, el ave fue llevada a la fuerza. La gran pregunta era para que y por quien. Sabíamos que había ciertas agrupaciones que se hacían llamar cuidadores del bosque que deambulaban por los caminos con fines que no llegamos aún a entender. Pero a pesar de ello, había una evidencia -aunque remota- que sus fines estaban mucho más allá de la conservación y cuidado de las especies nativas. Suspicaces y quizás asustados, pensamos lo peor.
En los últimos meses había habido algunas desapariciones en circunstancias un tanto misteriosas. Dos niñas, un pequeño y siete muchachas se hallaban perdidos desde hacía un tiempo y todos tenían algo en común: caminaban por el bosque.
No eran ricos por lo que descartábamos un rescate ni tampoco eran especialmente atractivas las muchachas lo cual nos hubiese hecho temer lo peor. Si había algo en común en aquellas personas, se nos pasaba por alto. Así pues anduvimos buscando sin pistas casi hasta el desmayo cuando encontramos a este búho, tan blanco, bañado en sangre muy roja. Supongo que algún pintor hubiese encontrada atractiva aquella imagen de contraste de colores, aunque macabro sin dudas.
Lo verdaderamente extraño era que la sangre no era del búho. Era sangre humana y fresca.
Corrimos por el sendero de piedras hasta una pequeña choza de piedra de la que nunca habíamos oído hablar. Caminamos con cuidado hasta la puerta y la rodeamos. Éramos cinco y estábamos armados como correspondía a los oficiales de la ley y sin embargo temíamos de una manera insensata, al punto de que me preguntaba si era yo en verdad un cobarde.
De una patada certera abrimos la puerta y para nuestra sorpresa allí, en el medio de aquella vivienda abandonada colgaba de una soga una vieja de edad indescriptible. Toda azul y vestida con una larga túnica y pañuelo rojo en la cabeza. Una nota colgaba de sus pies como si se tratara del precio de un traje de una tienda de Londres. Cuando mi ayudante, Colbert se acercó a leer, una especie de ataque eléctrico hizo que la vieja zapateara con fuerza tirándolo muy lejos mientras continuaba con un bailoteo torpe y dislocado al ritmo de la corriente de altísimos voltios. Jones disparó a la cuerda y la vieja cayó y ahí se quedó tan quieta como lo muerta que estaba. Vimos que del techo pendía un cable que alguien había conectado directamente a la vieja para lograr vaya uno a saber que cosa con ese desagradable incidente.
Colbert aún estaba pálido del susto mientras los otros trataban de animarlo haciendo algunas bromas de dudoso gusto. Tomé una petaca con buen whisky de mi saco y le di al pobre hombre a probar del mismo lo cual lo reanimó al menos en parte.
Revisamos la casa y no había más nada. A punto de salir y luego de haber revisado el cadáver una pequeña brisa trajo hasta mi rostro una pluma de búho. Era blanca y también estaba manchada por gotas rojas. Había oscurecido y el bosque parecía especialmente hostil. No sé porque pero parecía como si aquellos árboles no nos quisieran allí. Éramos una irrupción en la paz aparente de aquel lugar extraño.
Caminamos con cuidado, y de pronto, allí en la espesura, y cerca de un gran vado divisamos a todo un grupo de personas. Nos acercamos con cuidado y sigilo y dimos la orden de alto. Nadie nos prestó la más mínima atención. Tampoco nos atacaron. Sencillamente nos ignoraron. Como ni siquiera estuviéramos allí. Jugaban entre ellos y saltaban en aquel claro rodeado de robles. Cuando los pudimos ver con claridad notamos que se trataba de todas las personas desaparecidas, las dos niñas, el pequeño y las siete muchachas. Al ver que no nos prestaban atención, levanté la voz y les hablé, y recuerdo al día de hoy el horror de ver como al girar sus rostros hacia mí, todos eran búhos. Búhos de mirada dura, penetrante, ojos negros como la obsidiana y pálidos como el carbón. No había rastros humanos en aquellas criaturas. De entre las ramas apareció la vieja que dejamos en la casa con la certeza de que estaba muerta y caminó hacia nosotros con una farol rojo en la mano. Los demás la seguían. Cuerpos humanos y cabeza de ave. Plumas que se perdían flotando en el aire. Corrimos por nuestras vidas. Colbert había osado disparar pero solo logró que se enfurezcan. La vieja manaba sangre por sus ojos y por su uñas y mientras correteaba torpemente hacia nosotros manchaba con sus líquido rojo las blancas plumas de los alguna vez humanos.
Hicimos un pacto de silencio. Nadie, nunca, jamás habló de lo ocurrido. Volvimos a nuestras casas con el solo afán de olvidar. Vivimos así por cuarenta años. El silencio nos acompañó y honramos nuestro pacto. Hasta hoy día, en el que escribo estas líneas. Estoy a punto de morir. Una pluma blanca ha llegado hasta mi puerta y sé que vienen por mí. Allí los veo, por el jardín, caminan lento, en fila, adelante la vieja y atrás los antro-rapaces. Están igual, los niños son niños, no han envejecido un solo día. Abren la puerta. Adiós.
SIR ERNEST MATTERHORN-DAYS, 1883 "LAS REDES DE TRIASTURE" (Ed. Connington)