Como un elíxir de nácar rosaO cien agujas, espinas y mármol.
Hierro. El sabor a té en otoño.
Apresurada, vivaz y alegre y sin embargo profunda como un pozo de lava.
La serpentina y el cotillón tan innecesario y liviano. Bruma. Cada vez más y más lisa, más brillante, como el ópalo.
El esplendor cuece la argamasa invisible y la ausencia se filtra en el instante como un bandido.
¿De qué materia sutil está hecho? Para poder mirar hacia el cielo de los antiguos astronautas, se propuso un juego de palabras.
Dijo puzle, desierto, ático, némesis y acción.
A cada paso, invisible, lento y divertido, también se permitió una mirada de asombro.
Jugó a repiquetear y mirar fijo. Alrededor de una hora más tarde hizo una mueca graciosa y se sintió ajena.
Siempre supo que no sería fácil y que estaría sola.
Incluso lavando mandarinas y pomelos podía discernir entre estar y flotar. Nadie le había dicho nada pero la entidad supo que no sería bienvenida. Aún con flores de Dios y una orden sellada.
Tocó siete veces su mentón. En pequeños cuadrados blancos dejó una marca con tinta. Un garabato divino.
Era tarde y no quería despertar a la niña.
Olía a avellanas. Sudaba gotas de cristal líquido. Cabello largo y oleoso, pálido a la luz lejana de las farolas de kerosene. Su traje contrastaba contra la pared rugosa.
Había un ciclo que cumplir, una tarea que hacer y un oído al cual susurrar.
A pesar del miedo a equivocarse se acercó y puso su mano al costado de su boca tan roja y sopló. Como un grillo de miel, quedó estática frente al pulso ordenado y suave de la criatura. En el intento de capturar cada porción del segundo de la realidad interpuesta entre ambos, sintió desvanecerse una parte de su totalidad y luego otra y otra. Magnífico.
Era la puerta al momento. Como cuando se quiebra un cristal. el sonido intenso del vidrio roto y luego un espacio mudo. Así, tan atento y con buen humor, sintió que era a la vez una esfera tornasol, la blanda capa de un traje real, el sicómoro en el viento y todos los mínimos estertores que provocan un suspiro. Pero no podía implantarse sin perder algo de su esencia y ganar algo de su presencia.
Pensó en el imán. Algo del orden de la eterna atracción entre el vacío y un sabor pleno. Miró una vez más a su alrededor y concluyó -y solo por entretenerse- que aquello se debía en parte a su propia imaginación. En esa situación de aparente calma también sintió ternura.
Ideal como una obra magna, sutil desde las entrañas hasta el hueso blanco, intensa como una herida, aplacó su miedo con una dosis de lágrimas turquesas y apenas ácidas.
Así de livianas, así de espesas.
Para conmemorar el evento, selló con el fulgor de su iris de mil colores y tonos, la fisura del tiempo a través de la cual se había escabullido.
Un fuego ardiente. Una soldadura en el entorno infinito.

SOL AVARDEN, 2013, "Y ASÍ EL QUE VINO, Y ASÍ EL QUE PARTIÓ" (fragmento) (Ed. "Stensen, Bartis & Colemón)

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