Instaló las bombas en las fuentes de energía del edificio. Activadas y con un conteo de sesenta segundos salió corriendo hacia el lugar que había preparado para salvar su vida. Una pequeña cápsula de metal de vanarium de forma circular, en donde se metió en posición fetal. Con un dedo activó el comando que comenzaba el proceso de compresión del espacio. Una espuma gelatinosa moldeaba por completo el cuerpo ovillado de Nando dejando solo un tubo con oxígeno conectado a una fuente de energía comprimida. El vanarium era metal cálido. Había muy poco y provenía de algunos meteoritos que habían llegado a la Tierra durante una serie de sucesos en los que chocaron con la atmósfera unas piedras incandescentes destruyendo un pueblo del interior de Rusia. Los científicos creyeron que una vez que la temperatura helada enfriara las rocas, éstas dejarían su color anaranjado por uno más neutro, gris o marrón. Sin embargo las rocas nunca perdieron su calor. Al contrario ...
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Eran los hijos de una especie que había evolucionado por milenios revolviéndose en los ciclos del cambio y jugando con los atributos celestiales hasta hacerlos suyos, incorporando en sí mismos la pulsión prístina de la inmortalidad. Habían llegado a dominarlo todo. Las leyes del espacio y los vericuetos del tiempo, la lengua de las bestias y la pausada calma del universo vegetal con sus secretos y venenos, sabían de las otras razas que poblaban las galaxias y de la razón del giro de las esferas; conocían la magia de los elementos básicos de la conformación del mundo, sus más recónditos secretos, la fisión de la energía y la fusión de los polos eléctricos para producir energía y combustible inacabable. Se habían hecho expertos en las artes del movimiento del cuerpo y danzaban y cantaban como ninguna otra criatura. Leían con la vista y la yema de los dedos y también con el ombligo y el vientre. Rotaban cada tanto su propia existencia para hacerla coincidir con...
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El impulso sofocado se revertió hacia adentro haciendo colapsar la carne entre explosiones silenciosas. La burbujeante sangre brotaba por los poros de la piel como transpiración oxidada y espesa. Y todo por la intención de un grito ahogado, un llanto quebrado por la mirada severa de un afuera tan amplio como inexistente aunque real para ella, ojos ajenos infiltrados en su mente. No había sido la primera vez. También lo había soñado, no una sino cientos de veces con diferentes variaciones. En uno era la reina de un país del desierto y soportaba la desconfianza y los ojos deseosos y lujuriosos de sus consejeros; en otro era una flor y los dientes fieros de algún animal se acercaban peligrosamente dejando caer un hilo de saliva sobre sus pétalos negros. En una ocasión despertó a mitad de un sueño enroscada entre las sábanas de satén como un caracol, llorando y furiosa mientras los últimos gritos de tres ángeles coronados de luz púrpura y débil la miraban con ojos fr...
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Habían sucumbido a la soledad. No al silencio ni la lejanía, no al humo espeso y azufrado del entrecielo . La soledad de los huérfanos. El Señor había olvidado sus promesas o bien los había engañando. No podían saberlo. Su inocencia los convertía en lisiados en el mundo del pensamiento. Solo tenían su armadura de plumas y la luminiscencia de los espectros. Sintonizaban naturalmente con el sol y la luz. Habían sido alegres y bondadosos, ágiles y livianos, lejanos y tan presentes. Amarrados en un no lugar, ubicados como señales perdidas para viajeros inexistentes, su propósito parecía la inmensa ausencia de sentido y una espera fútil en el marco de la ausencia de tiempo. Lucían aún bellos pero cansados. Los ángeles olvidados por el Señor, sus hijas e hijos dilectos aguardando una señal que no llegaba. Al comienzo invocaron la paciencia, la contemplación serena, la mirada imperturbable hacia un lejano horizonte sin líneas ni marcas. El universo seguía su curso y...
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Era un monasterio extraño. No había monjes, solo macacos. Sin embargo no estaba abandonado. Las extrañas y movedizas criaturas vagaban por aquel espacio del cual parecían haberse adueñado. Las columnas estaban rotas, las gemas y brillantes caídos y las estatuas de los dioses sagrados cubiertas con telarañas y sucias. Cuando ingresamos los macacos salieron corriendo para esconderse y espiarnos a salvo. Nos habían advertido de llevar antorchas encendidas y así lo hicimos. Al parecer estas pequeñas bestias no temían al hombre sino al contrario, lo deseaban. Eran antropófagos. Asesinos de humanos. Sabíamos que los monjes habían perecidos pero no imaginábamos de que modo. Sobre una pared con un gran mural del dios de las reencarnaciones, las manchas rojas de sangre habían alterado de tal manera la fisonomía que parecía una pira de sacrificios horizontal. Los monos tenían una mirada siniestra. No parecían animales. Eran alguna otra cosa. Desconocíamos casi todo pero bastaba observar el br...
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Cerró sus ojos y entró en su oscuridad. Apretó con fuerza y una vez más los vio. Aquellos ojos. Primero uno, el derecho, con mayor intensidad la imagen se fue coagulando hasta hacerse real y tridimensional y luego el izquierdo. Alrededor pequeños brillos como púas de electricidad formaban un aura de puntos de luz que en el silencio de aquella oscuridad parecía un caleidoscopio de estrellas. Seguía allí, parado, con los ojos cerrados y los párpados apretados. Esta vez se agregaron las líneas azules parecidas a neón líquido. Eran tenues al igual que los fuegos microscópicos en el gigantesco planetario de su imaginación. Intentó no perder la concentración y enfocó su atención en los ojos. Ojos de lechuza o de búho, las pupilas enormes y negras y el iris de un color amarillo ámbar. Y esta vez no intentó que la imagen se desvaneciera en las sombras como tantas otras veces. Soportó la mirada de espejo que le devolvían los ojos desde el otro lado del universo pero dentro de su cabeza. Su ...