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El ciclo se repetía como un mandala endemoniado. La visión de un conejo púrpura corriendo entre los derruidos muros de la ciudad era recurrente y lograba desesperar al joven Reynoso hasta hacerlo jadear solo en la noche. Sin aire y sin esperanzas, vagaba entre el sueño y la vigilia como un ente de moral destrozada y sueños aniquilados. Demoraba cada vez más en levantarse incluso para ir al baño. Hubiese querido dormir eternamente sin siquiera comer ni beber, sin trabajar y sin ejercitarse, como un ser hecho de tela fantasmal, transparente y multidimensional. Pero la realidad tenía reglas que ni la imaginación febril de Reynoso podía quebrar, estaba atado a un pasado y a una desesperanza que lo arrinconaba como un insecto venenoso, casi invisible en su diminuta forma y letal hasta la muerte si aguijoneaba lo suficiente. Detrás de aquella máscara de aspecto imperturbable habitaba a sol y sombra un ser atormentado, contradictorio y miedoso. Lograba reunir las características de un indivi...
¿Cómo iba aquella legión a aprender las oscuras artes de la tentación? ¿De dónde podían obtener la guía y el entendimiento de sus difíciles misiones en el oblicuo mundo de los humanos? ¿Cómo sabrían si sus artimañas eran las más acertadas? Para que el plan divino funcionara debía haber quien cumpliera la otra mitad del trabajo que en su impulso creativo Él no podía realizar. Lucifer era díscolo e indomable y no muy dispuesto a dejar una huella clara para que otros las siguieran. Así, con la conciencia de que todo oficio se aprende tras un duro proceso que incluye una enseñanza con un método y un sistema, el Altísimo inauguró la Escuela de Satanases. LIGORIO DE TRÉNECA, 1999 "ESCUELA DE SATANASES" (Ed. Voutiria)
Sigfrid no era un hombre común. Había heredado de sus antepasados el don de la resilencia y la adaptación. También tenía el poder de la locura controlada, una especie de fuerza que en simultáneo vivía en el cielo y en el infierno de cada momento y de toda situación. Tiempo atrás le habían diagnosticado esquizofrenia y paranoia aguda y quizás para ciencia que aplicaba a los mortales tenían razón. Pero Sigfrid no era humano. Mutante por herencia y por elección, descartó la vacuna que le retiraba el gen de la mutación y permaneció fiel a sus ancestros, los Astrodontes de Ganamarra, una raza híbrida que pobló el espacio hace un millón de años y que dejó descendencia en la Tierra como en Venus, Marte y Mercurio. Los Astrodontes eran físicamente parecidos a los humanos actuales por lo que la diferencia radicaba en los poderes de los que disponían en forma potencial. Luego del siglo XXV los humanidad se enteró de su presencia y los llamó enemigos. Como eran ya muchos y la sangre...
Hay quienes creen que sus dioses son más sagrados que los del prójimo. También existen aquellos que pasean sus creencias como perros lazarillos con el funesto propósito de hacerse pasar por ciegos. En cada esquina existe un ser cruel y una mujer envenenada por sustancias creadas por los hombres. Hay lugares cuya infamia solo compite con la zoncera y al calor de la noche encienden hogueras para quemar vivas a las personas. Tanto espacio existe entre un humano y otro que podrían llenarse con galaxias completas y aún así encontrar un hueco interminable. El esmero con que se incrustan las pestilencias en la piel solo es comparable a la fuerza con que salen las palabras hirientes de las bocas agrias. El olvido es un bálsamo de difícil digestión pero efectivo y la suma de recuerdos borrados constituyen el estigma de los parásitos del corazón. En cada vacío se esconde un secreto, en toda vida una muerte. Para los dolidos y lacerados hay palabras que como ungüentos se adhieren a la carne. P...
Elegir una manera elegante de morir era un lujo que no muchas personas podían darse. Jani Olsen era, posiblemente uno en un millón, alguien que sabía exactamente el momento en que su deceso ocurriría: tres de marzo de dos mil veintitrés. Cuando tenía apenas cinco años jugaba en el jardín de la casa amarilla con techo rojo en la que vivió hasta los seis años. De pronto de entre los arbustos apareció una señora mayor con un bastón de madera curvada y le hizo señas para que se acercara. Jani era confiado en extremo y lentamente se acercó a la dama. Ella chasqueó sus dedos y de su mano salió deslizándose una serpiente turquesa con escamas de nácar y reflejos de oro que refulgían como coronas de ángeles. El resplandor fue tan intenso que cegó al niño como un relámpago. En sus ojos quedaron las impresiones de mil explosiones que se sucedían como eléctricos rayos y luces incandescentes que estallaban como fuegos de artificio destellando en la inmensidad de una noche de vera...
La mirada fractal, el espejo roto en su origen y una sucesión de pasos mal dados convertían a Edmund en un niño conflictivo. Tenía cinco años cuando su madre, Doña Epiguis Larrea de Villouta le partió un espejo en la cabeza luego de una travesura. Además de sangrar profusamente hizo estallar algunos vasos internos que nunca más cicatrizaron. Como consecuencia de ello el pequeño comenzó a tener visiones que exaltaban su imaginación y que no podía comprender. Vió al hombre de lana barrer su cuarto mientras comía una pata de pollo con la mano sentado sobre una tetera de porcelana con incrustaciones de granos de choclo. Observó con cuidado que el humo que se elevaba de la fuente de arroz era verdoso y formaba figuras mientras ascendía tomando la impronta de un cráneo de oso que parecía derretirse en un cuero viejo de color marrón y blanco. La forma ósea comenzó a verse sacudida por una multitud ancianos vestidos de traje que llegaba sin parar para alojarse en las cavidades del esquele...
Taimado y sinuoso, escurridizo y amigo del desencuentro, el Ratón Benavidez se había hecho algún nombre en el submundo del hampa en los suburbios de la gran capital. Su especialidad era el tráfico de información. Había pocos como él. Su absoluta ausencia de sentimientos para con aquellos que no integraban su escaso círculo de afectos, se demostraba en principio por el hecho de que podía clavar su jeringa en la médula de cualquier víctima o paciente como él mismo los denominaba. Traficaba con datos genéticos, ADN, hormonas y sangre. Para él se trataba solo de información codificada y como tal la vendía. Sus métodos eran sencillos y relativamente limpios ya que en dos décadas de trabajo jamás había lastimado seriamente a nadie si por ello se entendía dejar una herida, dolor o la tan poca lucrativa muerte. Llegaba como un gato sigiloso por la noche, tiraba una pequeña ráfaga de gas de cloroformo y el paciente se dormía. Entonces solo tenía que sacar su attaché de la mochila, desplegar...