-Azul de meta cobalto.
Esa era la única descripción que pudo exponer El Sarraceno, la fría mañana de un domingo de Agosto, día de los milagros del año 2140.
Murió al instante de pronunciar la última palabra: cobalto.
Fue llevado en secreto por los esbirros de la Orden de la Entidad hacia una recámara secreta para que los expertos comenzaran a embalsamar su cuerpo. Quitarían los órganos y se guardarían en vasijas de alabastro decoradas con símbolos sagrados.
El encargado de semejante tarea había sido preparado por sabios del desierto durante siete años en los que debió internarse en el monasterio de Lajos, cerca del rió Sésico.
Cuando dispusieron el cuerpo sobre la camilla de metal preparada a tal efecto, notaron que el peso del mismo era excesivo para su tamaño, una anomalía curiosa y sospechosa.
La tradición indicaba que debían hacerse cierto rituales purificadores por parte de los involucrados en la momificación consistentes en abluciones de agua con sal, vinagre y estiércol de grillo junto al recitado de las plegarias a los dioses para contar con su anuencia para la operación.
Se cumplieron los pasos indicados mientras mantenían en equilibrio un raro tocado sobre sus cabezas, una especie de bonete muy largo que terminaba en finos hilos de seda de oro que caían hasta el suelo y aún varios metros más, de modo que se mezclaban los de los unos con los de los otros conformando un extraño entramado de líneas brillantes sobre el piso de opalina negra lustrada.
De esa manera y según los designios de los astros, en esas líneas estaría escrito el destino futuro del muerto y la fecha de su vuelta a la vida.
Así, de esa manera, cada uno debía moverse con esmerado cuidado para no mover los hilos y que el destino del difunto no fuese alterado, lo que equivaldría a una arritmia en la cronología de los hechos del mundo. Tal era la importancia que revestían los detalles más mínimos.
Cuando quitaron finalmente los riñones y los dispusieron primero sobre un plato hondo y muy blanco notaron que eran completamente azules, un azul furioso, eléctrico y pulsante que hería los ojos con su brillo.
Al exponer el caso ante los sacerdotes de la Orden de la Entidad, los mismo callaron, se miraron unos a otros y comprendieron que ya no había vuelta atrás y que las palabras últimas de El Sarraceno tenían un sentido tan profundo como concreto que debían guardarse en el más cavernoso secreto. El azul de meta cobalto había llegado al planeta y muy pronto todos perecerían.

YENNY MORIANNE-SÜISS, 2001 "VIDRIOS SECOS" (Ed. Pannacea)

Entradas populares de este blog

TORNADOS VERDES