Y hubo una segunda parte. A pesar de lo dicho, lo vivido y contra todo pronóstico.
Susurraba al aire, indiferente, como si hablara con un ángel de una religión ajena. 
Sin interés en torpes maniobras mentales de adaptación ni supervivencia, se preparaba para un final apoteótico. 
No era violenta, más bien lo contrario y al punto que hasta hubo quienes la consideraban demasiado blanda, sin fuerza ni propósito. De chica le gritaron "molusco".
Como buena escorpiana llevaba el gusto por la sangre en algún lugar -hasta ahora oculto incluso para sí misma- y solo era cuestión de que sucediera algo que hiciera explotar esa energía contenida y oculta.
Pero también había caminado por los senderos de la piedad. Eso la perturbaba. Como todo ser en potencia peligroso, disminuía su acción al punto de la negación de su propia interioridad y de reprimir la profusión de deseos que nacían de su corazón rojo y furioso. 
Tenía tanto miedo a que sus impulsos la convirtieran en una carnicera de humanos que sencillamente se desactivaba, anulándose hasta morir en vida o vivir en la muerte del deseo.
Nunca pensó en el futuro. 
Su tónica era esconderse. No ser vista. Disimular. 
Enredarse en confusos episodios sin valor, desgastantes y promotores de angustias pesadas. De eso, ella sabía demasiado.
No llegó a consumir drogas pesadas. Tampoco sentía atracción por el alcohol. Practicaba el arte de encerrarse en un lugar de la mente a la que ni ella tenía acceso. Entraba, se escabullía entre las ranuras, tiraba la llave y apagaba la luz. Pero la luz era justamente el problema. 
Como si fuese una bombilla caprichosa y terca, no llegaba nunca a dejar todo a oscuras. Eso la enloquecía. Deseaba con ansias la ceguera. Un destello de vacuidad era para ella como un deseo de huída. Quería más. Más de la nada. Más del engaño. Más del espanto. Todo aquello guardado en la tibia cajita de cristal en la que hervía un hielo incandescente, el deseo. 
Cuando murió, pasó todo lo que era previsible. Fue velada, llorada y recordada con el afecto lejano que producen los tibios y la ternura y aún lástima que inspiran los buenos. Sus ojos se cerraron el día en que la baja del asesino le perforó el pecho.
Vio la bala dirigirse a ella con tanta lentitud que incluso percibió los destellos de las luces sobre el metal girando a gran velocidad. El humo saliendo del caño del revólver. Vio la sonrisa tosca y los ojos sin vida ¡que paradoja! del asesino y comprendió en menos de la fracción de un instante que ya no había remedio ni solución. Incluso la sangre parecía un dulce espeso derramado por azar.
En el instante justo antes de lo que llaman muerte su conciencia se retiró. Se refugió. Se alió con su pánico y esta vez fue a su cuarto oscuro por su propia voluntad. Murió y no murió. Y la totalidad de ella dejó de serlo. Se transformó en ese instante en una escindida. 
La sangre, el cuerpo y los deudos pertenecían a un estadío anterior y ya no había nada de ella. 
La fusión con la idea de un pasado convergente le había dado identidad y un premura por reconocerse en la evasión que incluso ahora, ya muerta, le costaba soltar. 
Cierta cualidad adherente hacía que se sintiera intrínsecamente ligada a la visión que tenía de sí misma aunque fuese fragmentada y volátil. Ahora, en un presente de dos mundos, sin ataduras más que la noción de potencia vital, deambulando entre la desaparición y el reencuentro, se encontraba sola, parada en medio de una encrucijada y ante la posibilidad de ser de nuevo, distinta, con todas las posibilidades a su alcance.
Sucedía muy rara vez. Un ángel comisionado para resucitarla se le presentó y le ofreció un trato.
Ella, que no era religiosa, de pronto se encontró frente a la posibilidad de una segunda vida.
La tomó. Se hizo carne nuevamente y se juró reinventarse y hacer lo que ninguna profecía podía prever. Tomó su elección como una gracia concedida y a partir de ese momento caminó por la tierra como una más entre las gentes de un mundo que ya no la reconocería. Sola -como siempre había estado- pero resuelta, entusiasta y feliz.

ANNE-MARIE GETISBOURGH, 1945 "LA LEY TRANSVERSAL" (Ed. Universidad de Sal)


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