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Un ojo que quisiera verlo todo. Abarcar el infinito y sumergirse en los cielos. Su centro es negro, brillante y liso como el lomo de un cascarudo. A los costados nace un volcán estrellado. Quiere salir a conquistarlo todo. Invade el terreno de verde y lo completa. Un punto negro orbita como una luna negra. Lilith. TEO KABUKAKI, 2012, "So far for love" (Ed. Toi)
Como un río largo y sinuoso, la vida se escapaba sin poder retomar los hábitos. No moríamos, no podíamos morir, éramos inmortales. Ese fue el suplicio. Habíamos sido castigados por nuestra afrenta. Cuando insultamos al destino y nos opusimos a sus designios confrontamos con algo más que los dioses. Fue un insulto a sus creadores. Los llamábamos los Archidioses y en realidad no estábamos interesados en entrar en su rango de acción. Al contrario, ocultarse había sido siempre la estrategia y una buena idea. Pero fuimos tontos. Compramos nuestras propias alucinaciones y descargamos nuestra ira en nuestros dioses con el poder que habíamos adquirido. La conquista del núcleo efímero había constelado las energías del mundo sideral y con ello nuestro poder fue inmenso. Decidimos ser libres. Anárquicamente nos subimos al pony de la discordia y rebatimos los argumentos de nuestros creadores, desafiamos sus órdenes y hasta matamos algunos. Fue sangriento. Terrible espectáculo ver a los padres de...
Eran como ella, un anatema. Aquello sobre lo que no debía hablarse. Objetos que no debieran existir en lugares que carecían de nombre. Como el cianuro y los ventrílocuos, ábside y la espera o todos los cantones de la China oriental. En torno a ella había sin embargo tierra húmeda. Todo crecía. Indistintamente fuera almendros o tumores. En cada parte lugar había un cartel con su nombre, tal era su omnipresencia. Juraba que lloraba pero yo nunca la vi. Y para mi fue un misterio. Como el nacimiento de los soles o la venida de un Salvador, nade parecía previsible. No habíase establecido un terraplén ideal que sirviera de sostén a tamaña fuerza. Millones de hierros minúsculos flotaban en el éter identificados con su propia forma, la de ella, tan particular y sonriente. Era una zona de guerra. Un vendaval y una furia que metía miedo. Gotas de amor de la infancia rezumaban de entre el todo para emerger transfigurado en pasión. Una alabanza incesante a lo que no puede ser medido. Y en todo...
Vivimos sobre sendas difusas, asustados como luciérnagas frente a la tormenta. Huimos de los ruidos del trueno mientras afilamos nuestros cuchillos y trenzamos nuestros cabellos. Susurramos al oídos de quien quiera escuchar las palabras de desaliento que los harán sucumbir. Nos aferramos a las espaldas de los valientes. En el microscópico espacio que nos queda para no quedar expuestos, vaciamos el corazón hasta quedar resecos. Entre nosotros hubieron gentes dignas. Eso fue antes de la invasión. Ahora solo quedaba el resquemor y la suspicacia. Vinieron desde el infinito. Cruzaron los bosques con carros de fuego. Llevaban en sus largos brazos de plata sus gigantescas lanzas que brillaban como diamantes. Eran muchos, cientos o quizás miles. Fuimos sorprendidos y ahora ya solo nos queda lamentarnos. Lo extraño era que había entre ellos un grupo de niños. Tenían todos los ojos de color bordó y no había brillo en ellos, solo un fulgor, un resplandor opaco que olía a muerte. Corrieron hac...
Ingresaron a la propiedad a fuego y golpes. Cerraron las ventanas y mataron a toda una familia. Ocho hermanos y sus padres. Prendieron fuego los muebles en una gran pira y lo arrojaron encima como basura. Sus impecables trajes de cuero y seda, los sombreros entallados a la perfección y sus largos bastones les daban un aspecto honorable. Nadie se atrevió a intervenir. Si habían venido por algo sería. Cuando salieron en perfecta formación militar, todos los vecinos los aplaudían. Amplias sonrisas en los rostros de la vecindad. Un rosal fue testigo de todo y parecía estar allí a gusto. De la chimenea salía un humo negro. Fascinadas las mujeres observaban y conversaba mientras los hombres adulaban a los milicianos. Se subieron a un carro verde oliva y se fueron. Cada familia volvió a sus respectivos hogares. El día llegó a su fin y todos cenaron en paz luego de las oraciones de rigor. Nunca nadie se preguntó que habrían hecho los integrantes de aquella familia para ser eliminados de ...