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En la noche, entre los cañaverales, perdido y solo, se hallaba el lobo de las pampas. Su figura robusta y temible proyectaba una sombra muy larga, tan brillante estaba la luna, llena y blanca como mazapán. Caminaba lento, olfateándolo todo. Su hocico heredaba el conocimiento de miles de lobos que habían logrado sobrevivir al hambre, al diluvio y al hombre. En sus ojos ardía un deseo tan intenso de sangre que solo una matanza saciaría su alma. La luna se volvía naranja a medida que el eclipse avanzaba. El lobo sabía que debía avanzar sin ser visto ni oído. Movió su gran cabeza hacia atrás y vio que era seguido. Satisfecho, siguió su camino. Tenía un plan, una estratagema y a cada paso se sentía más seguro. Era un Lobo Maestro. Un lobo consciente de sí mismo. Un lobo superior. Una bestia feroz y terrible pero despierto y audaz. Continuó su andar pisando con seguridad y confianza, dejando aquellas huellas que los cazadores seguirían sin duda, esperando matarlo por el solo hecho de haber ...
Parcialmente cubierta por una espesa nube, la torre se alzaba inmensa y majestuosa como un demonio, como un dragón, como un tótem de luz. Debajo, muy lejos de allí, los juglares se divertían y apasionaban a la multitud con sus cantos y chanzas. Edwin se acercó hacia la puerta del castillo y golpeó tres veces. Una voz contestó preguntando por una seña. El guerrero de a pie, cubierto por una gran capa verde habló en un idioma incomprensible y la puerta fue abierta de par en par. Mientras tanto las doncellas de la feria en el centro mismo de la ciudad desplegaban toda su gracia con sus bailes típicos, la danena y la matocurpia. La nube siguió su camino y dejó al descubierto la gran torre central y todos gritaron de felicidad. Edwin ya estaba en el gran salón del gobierno y fue recibido con honores, el límpido cielo se consideró una buena señal y los consejeros del rey Morcabbia asintieron cuando éste les preguntó si debía recibir a aquel hombre de fama legendaria. Afuera seguía la fiesta...
Corrí por el bosque oscuro. Serpenteaba rozando con mi palma la corteza de los árboles con la cualidad de un mono de tierra. El cielo parecía contraerse y expandirse haciendo que las estrellas pasaran de pequeñas luces lejanas a inmensas linternas ominosas. Estaba agitado pero la adrenalina de la furia y esa extraña valentía que surge de la claridad me mantenían rápido como un halcón de caza. Sabía que mi amada estaba en peligro. Estaba siendo atacada por un chino invisible. A la distancia me pregunto que me hizo creer que podría hacer algo contra alguien con el don de la invisibilidad, pero en ese momento mi único objetivo era tomarlo por el cuello y partírselo, escuchar un "crack" y escupirlo luego con asco y odio. Llegué justo a tiempo para evitar que a ella le pasara algo. Y ahí mismo entendí que ella fue el cebo: el chino invisible me quería a mí. Peleamos por un rato y si bien yo no lo veía, sentía mis golpes cuando los podía conectar. El chino me golpeó muy fuerte, e...

Diablillos Estelares

Sobre el enorme pórtico una gran terraza, Cuatro gigantes con túnica negra apostados sobre las esquinas. Cada uno llevaba una inmensa lanza de bronce con penachos azul y verdes. Los pies calzados con botas de cuero y punta de metal. Debajo, en las calles, la gente caminaba sin dar cuenta de aquella soberbias criaturas. Tampoco parecía sorprenderles el vuelo rasante de las águilas sobre las calles. Las puertas de roble se abrieron de par en par para dejar paso al hombre del pañuelo rojo. Sus cabellos eran tan largos que le llegaban hasta la cintura. Con los brazos en alto miró al cielo violáceo y desde lejanas nubes atrajo cientos de rayos. Puro magma caliente y ondeante alrededor de sus manos. Sus ojos se volvieron océanos de plasma ardiente. Cuando el evento terminó apenas unos instantes más tarde me siguió pareciendo por lo menos notorio el hecho de que las personas alrededor no reaccionaban ante semejante fenómeno. Hasta que comprendí: aquellas personas estaban muertas. Eran los qu...
De pronto nos vimos envueltos en una extraña neblina de color ámbar. A tientas avanzamos hacia la escollera con pánico a resbalarnos y caer los doscientos metros que nos separaban del embravecido mar. Carlo, Asenzio y Mara se adelantaron y en apenas cuestión de segundos dejamos de oírlos. Grité con toda mi fuerza y apenas un eco lejano y sordo me devolvía la certeza de nuestra soledad. Ingrid y yo nos tomamos de la mano y dimos algunos pasos. La niebla se disipó tan rápido como vino. Delante nuestro no había más que piedras y vacío, y no estaban nuestros amigos. Supimos entonces que o bien habían caído para estrellarse y ser absorbidos por las olas o bien la niebla los había tragado y llevado al Sector del Tormento. Sabíamos del Sector desde que nos fueron leídas las runas por la bruja occidental; allí nos advirtieron acerca de un portal sin retorno. Nosotros ¡ingenuos! nos hicimos caso y seguimos jugando a los aventureros. Ahora quedamos solo dos y estamos perdidos. LIZZIE MORTON, 1...
He viajado hasta casi olvidar mi origen, mi hogar, mi marca de nacimiento y mis memorias. Cabalgué a lomo de caballos y elefantes. Conversé con hombres, santos y hienas. Si miro para atrás solo veo nubes negras y desdibujadas sonrisas de seres que ya no conozco. Mi camino no tiene un destino marcado más que por el afán de transitar los intersticios de la inmensidad. No tengo más opción que barrenar por las orillas del mundo, ya no puedo calzar en su estructura. Un día me levanté muy temprano a la mañana, el sol aún no había salido, empaqué un pequeño bolso y me marché. Mi pequeña gata Luna me miró y comprendió lo que a un humano le hubiese llevado una vida. Maulló suavemente y saltó rumbo a algún tejado, luego desapareció en la bruma de la mañana. El sol me encontró caminando por un camino extraño, acaso prohibido. Ese fue el comienzo de una incursión en el mundo de las paradojas y la cohesión. Ya tuve un gran susto y también logré flotar con mi mente en el magma salino del éter de las...