Hay quienes creen que sus dioses son más sagrados que los del prójimo. También existen aquellos que pasean sus creencias como perros lazarillos con el funesto propósito de hacerse pasar por ciegos. En cada esquina existe un ser cruel y una mujer envenenada por sustancias creadas por los hombres. Hay lugares cuya infamia solo compite con la zoncera y al calor de la noche encienden hogueras para quemar vivas a las personas. Tanto espacio existe entre un humano y otro que podrían llenarse con galaxias completas y aún así encontrar un hueco interminable. El esmero con que se incrustan las pestilencias en la piel solo es comparable a la fuerza con que salen las palabras hirientes de las bocas agrias. El olvido es un bálsamo de difícil digestión pero efectivo y la suma de recuerdos borrados constituyen el estigma de los parásitos del corazón. En cada vacío se esconde un secreto, en toda vida una muerte. Para los dolidos y lacerados hay palabras que como ungüentos se adhieren a la carne. P...
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Elegir una manera elegante de morir era un lujo que no muchas personas podían darse. Jani Olsen era, posiblemente uno en un millón, alguien que sabía exactamente el momento en que su deceso ocurriría: tres de marzo de dos mil veintitrés. Cuando tenía apenas cinco años jugaba en el jardín de la casa amarilla con techo rojo en la que vivió hasta los seis años. De pronto de entre los arbustos apareció una señora mayor con un bastón de madera curvada y le hizo señas para que se acercara. Jani era confiado en extremo y lentamente se acercó a la dama. Ella chasqueó sus dedos y de su mano salió deslizándose una serpiente turquesa con escamas de nácar y reflejos de oro que refulgían como coronas de ángeles. El resplandor fue tan intenso que cegó al niño como un relámpago. En sus ojos quedaron las impresiones de mil explosiones que se sucedían como eléctricos rayos y luces incandescentes que estallaban como fuegos de artificio destellando en la inmensidad de una noche de vera...
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La mirada fractal, el espejo roto en su origen y una sucesión de pasos mal dados convertían a Edmund en un niño conflictivo. Tenía cinco años cuando su madre, Doña Epiguis Larrea de Villouta le partió un espejo en la cabeza luego de una travesura. Además de sangrar profusamente hizo estallar algunos vasos internos que nunca más cicatrizaron. Como consecuencia de ello el pequeño comenzó a tener visiones que exaltaban su imaginación y que no podía comprender. Vió al hombre de lana barrer su cuarto mientras comía una pata de pollo con la mano sentado sobre una tetera de porcelana con incrustaciones de granos de choclo. Observó con cuidado que el humo que se elevaba de la fuente de arroz era verdoso y formaba figuras mientras ascendía tomando la impronta de un cráneo de oso que parecía derretirse en un cuero viejo de color marrón y blanco. La forma ósea comenzó a verse sacudida por una multitud ancianos vestidos de traje que llegaba sin parar para alojarse en las cavidades del esquele...
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Taimado y sinuoso, escurridizo y amigo del desencuentro, el Ratón Benavidez se había hecho algún nombre en el submundo del hampa en los suburbios de la gran capital. Su especialidad era el tráfico de información. Había pocos como él. Su absoluta ausencia de sentimientos para con aquellos que no integraban su escaso círculo de afectos, se demostraba en principio por el hecho de que podía clavar su jeringa en la médula de cualquier víctima o paciente como él mismo los denominaba. Traficaba con datos genéticos, ADN, hormonas y sangre. Para él se trataba solo de información codificada y como tal la vendía. Sus métodos eran sencillos y relativamente limpios ya que en dos décadas de trabajo jamás había lastimado seriamente a nadie si por ello se entendía dejar una herida, dolor o la tan poca lucrativa muerte. Llegaba como un gato sigiloso por la noche, tiraba una pequeña ráfaga de gas de cloroformo y el paciente se dormía. Entonces solo tenía que sacar su attaché de la mochila, desplegar...
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Hubo un tiempo, en los más remoto de los orígenes, entre el impulso creador y la consumación de la materia como orden creativo en el que lo sagrado y eterno convivió con la materia bruta, con la sangre, el hueso, el mineral y la bestia salvaje. Una época en la que se fundieron los arquetipos de la creación en una amalgama entre cielo y la tierra. Una era en que las piedras, repletas y rebosantes de fotones brillaban en la oscuridad como faroles de luz tibia. Azules y violáceas eran las rocas de las estepas; verdes y amarillas como pequeños soles las que estaban cerca del mar; magenta y turquesa incandescente las que se hallaban en las cavernas. Vibraban con tal intensidad que la noche era de una dulce compañía y con solo mirarlas las criaturas vivientes se llenaban de dulzura y poder. Eso fue antes de la llegada de llama negra. Anterior a la caída del hombre. Un asteroide gigantesco se estrelló contra el planeta y dejó incrustado en sus cimientos su carga de antimateria...
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El bestiario elegido por los artistas que pintaron el ingreso al templo había sido cuidadosamente seleccionado por los diáconos al servicio de la Gran Cofradía del Salmón. Según los registros de sus propios anales secretos representaban la cima de las posibilidades de realización de los meta-humanos. El grito inicial de la vida se había transformado a través de millones de años en una inteligencia viviente, el pináculo evolutivo de la ciencia de la fusión entre la bruta materia que constituía el polvo espacial y la etérea asimilación de orden estructural que se alineaba en meridianos de energía tan potentes que su desplazamiento hacia las fronteras de lo invisible incluso creaba vida. El juego de Dios. Así lo llamaban. Creían que la mera existencia en los ciclos de la vida eran solamente las distracciones de la divinidad, algo así como una afición del Creador por jugar a establecer lógicas y paradigmas que luego debieran responder a sí mismas para poder subsis...
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El encuentro con lo maravilloso sucedió cuando cayo el cielo una madrugada de abril durante el plenilunio. Las luces caían como gotas de lluvia iluminando todo como millones de luciérnagas cayendo por las cascadas del mundo. La serena paz del instante y la guerra latente entre el mundo crudo de la materia y el horror y lo celeste se combinaba en una sinfonia perfecta. Como latidos de un corazón y el rugido de leones furiosos se dispersaba sobre la tierra el nuevo mana hecho de luz. La perfección hecha granizo de estrellas y el espacio dominado por la incandescencia y las cosquillas que nos producía el roce suave y fresco sobre nuestra piel caliente nos hizo llorar. Reíamos y un estertor placentero subia por la columna hasta inundar de energia nuestros cráneos. Sabíamos que no duraria para siempre e incluso sospechamos que se trataba de una trampa, un espasmo de iluminación que al fin al nos cegaria dejandonos en las tinieblas. Habíamos llegado luego de un largo camino hecho a ...